Notas sobre aspectos bio-psico-sociales de la felicidad

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Que nadie dude que somos seres bio-psico-sociales, sin embargo determinar el porcentaje de cada una de estas tres dimensiones que nos constituyen resulta una empresa demasiado ambiciosa, y tengo mis dudas en que cualquier resultado obtenido en este sentido se le pueda conceder un ápice de veracidad.

Es cierto, como ya nos dice Edward O. Wilson, que muchos de los rasgos que forman parte de nuestro acervo genético intervienen en la capacidad de generar en nuestro cerebro determinadas emociones que, a su vez, influyen en nuestras conductas. Y estas conductas producen un curioso y poderoso efecto de objetividad en nosotros (como bien indagó D. Hume) debido a la “vivacidad e inmediatez” de nuestras experiencias emocionales personales (como, por ejemplo, el amor incondicional que sentimos por nuestros hijos), esto es, un efecto automático psicobiológico del que apenas nos percatamos, que nos hace distinguir por nosotros mismos aquello que valoramos como “lo bueno”, “lo bello” y “lo verdadero” (como diría Luis Castro Nogueira).

No hay problema, por tanto, en admitir que existan determinaciones genéticas en nuestra conducta (a pesar de que los “culturalistas” más radicales sigan echándose las manos a la cabeza cada vez que leen u oyen una afirmación así). El problema empieza a la hora de saber por cuánto estamos determinados genéticamente. Si se dice que la felicidad que experimentamos tiene un componente genético, pienso que hoy pocos lo pondrán en duda, pero si se estima ya un porcentaje de tal determinación, las sospechas saltan a la palestra; seguramente, porque cada individuo (cada niño, cada niña) es un ser único irrepetible -eso sí lo sabemos con certeza-, y porque la biografía personal que nos vamos tejiendo depende de una interacción permanente entre genes y medio (tanto el medio natural como el medio sociocultural). Así, pues, intentar descubrir nuestras predisposiciones genéticas más universales nos puede servir para fijar un “marco de restricciones” dentro del proceso de la evolución cultural, pero, desde luego, esto no quiere decir que tales restricciones señalen un único camino para la evolución cultural de la sociedad que se estudie, ni que en cada caso individual de los miembros de tal sociedad pueda determinarse el papel exacto de cada factor (bio/psico/social) que interviene en sus conductas, en sus preferencias y rechazos. Tendemos a conceder más importancia a los parecidos que tenemos con nuestros padres, y olvidamos con mucha frecuencia lo que nos diferencia, y esto último es lo que nos hace especialmente seres únicos e irrepetibles.

En conclusión, la dimensiones biológica, psicológica y social de nuestra especie se hayan fuertemente vinculadas, y en los asuntos humanos no podrá comprenderse una sin las otras dos. Sin embargo, someter cada una de estas dimensiones a la cuantitofrenia, matematizarlas de manera que se pueda hablar de nuestra naturaleza humana como una suma o una receta de ingredientes exactamente calculados, no se trata sólo de un ejercicio dudoso, sino que además contribuye a cierto desencantamiento sobre nuestra singularidad humana.

Por lo demás, recomiendo los 8 consejos que se recogen en el artículo (objeto de mi crítica) de infosalus.com sobre el libro Queremos hijos felices. Lo que nunca nos enseñaron (de 0 a 6 años) de la psicóloga infantil Silvia Álava Sordo.

Rubén Crespo

20 de marzo de 2015

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