Estado y laicismo. ¿Conservar o progresar?

Hoy, a través de uno de mi más queridos compañeros del CECPS, Rafael Domingo, he podido saber de las medidas y propuestas para la construcción de un estado laico que ha realizado Europa Laica.

Europa Laica plantea la reforma de la Constitución (tras consulta en Referendum a la ciudadanía española), dirigidas a los partidos políticos y coaliciones electorales, que van a concurrir al proceso electoral del próximo 20 de noviembre de 2011, y a la sociedad en general, para su debate, con el propósito de colaborar en la construcción del Estado laico y de Derecho, que elimine privilegios económicos, tributarios, simbólicos y jurídicos ancestrales, que perduran  (e incluso se han incrementado), después de más de treinta años de democracia formal.

Nada que objetar a la sana intención de la Asociación Europa Laica. Más que entrar en detalles sobre el texto propuesto, prefiero hacer mi comentario sobre la conclusión a la que he llegado tras un análisis del discurso global. Espero que los éxitos que coseche esta asociación no hagan gala del famoso refrán “no hay mal que por bien no venga”.

Al final no deja de ser la eterna dialéctica de confrontación entre‘conservadurismo’ y ‘progresismo’. En estos casos siempre me acuerdo del malogrado éxito del diplomático que fue Martínez de la Rosa. Sus ansias de encontrar un justo punto medio entre el absolutismo y la revolución de aquellos tiempos convulsos de la España de mediados de siglo XIX, fueron, cuanto menos, un brindis al sol; pero había que intentarlo. La historia de nuestras sociedades nos ha enseñado que no siempre los más justos son los que crean más adeptos.

Para el caso concreto de España, es decir, pensar en una España laica, tal y como propone la Asociación de Europa Laica, es un buen símil de la cuerda que se tensa entre conservadores y progresistas. Fuera de sus acepciones más cristalizadas, conservador o progresista, elijo el significado más natural etimológico que tienen estas palabras. Me gusta la palabra conservador, y también me gusta progresista. En realidad la oposición entre estos conceptos está más dentro de mí de lo que yo pensaba. “¿Soy conservador o soy progresista?” es la eterna dialéctica que me hace sentir incómodo cada vez que tengo que emitir juicios de valor. Me siento conservador porque me gusta preservar aquellas cosas que considero positivas; y me siento progresista porque quiero cambiar aquellas cosas que pueden mejorarse. Mientras lo segundo me impulsa a descubrir mundos mejores posibles, la ceguera que hay subyacente en este acto, hace que lo primero tire de mí hacia atrás (más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer). Estoy seguro que mucha gente tiene esta misma experiencia en muchas ocasiones. Para el caso que nos ocupa, el de la laicidad del Estado, no puedo evitar este conflicto interno en su grado más alto de intensidad. Expulsar a la religión católica de todo espacio público, después de tantos años de influencia sociocultural (para bien o para mal), no se hasta qué punto tal hecho significa progresar. Tengo miedo… lo admito. Pero es que mi conocimiento –como el de todos- es situado; así que no se si seré yo el que esté en posesión de “la razón”. Sin embargo, creo que sabré adaptarme a lo que venga. La supervivencia de la gacela y el león dependen de la misma acción: “correr”. Si el león quiere comer, tendrá que correr tras la gacela; y si la gacela quiere sobrevivir, tendrá que correr más que el león. En este sentido, me da lo mismo ser gacela que león; al final tendré que correr.

Espero que las pretensiones de la Asociación Europa Laica de construir, en nombre de la democracia, un mundo más feliz lleguen a buen puerto. En el reportaje de ayer en la 2, Pienso, luego existo, Fernando Savater venía a decir que la democracia siempre puede ser real pero no funcionar. No se nos debe olvidar que las democracias no son perfectas. Tengo la sensación de que en nuestras sociedades modernas se comete el error de buscar enemigos gratuitos a la democracia. Y para terminar, otro refrán más: “cuídame del manso, que del bravo ya me libro yo”.

Rubén Crespo

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