Recordando a Don Rafael

Foto extraída en la Galería de http://www.portillodetoledo.es/

Desde que ayer, miércoles 10 de agosto, me enterara de la noticia del fallecimiento de Don Rafael, párroco de mi querido pueblo, Portillo de Toledo, no he podido evitar sentimientos de tristeza y nostalgia. Qué casualidades tiene la vida –podríamos decir- quiso quedarse en aquella gruta francesa con la Virgen de Lourdes; y allí se quedó, con Ella.

Son muchos recuerdos los que me han venido a la mente. Y se entremezclan con muchos de los mensajes que veo en las redes sociales en contra de la Iglesia y de la visita del Papa. En mi opinión, muchos de estos ataques están infundamentados y demonizan gratuitamente a una institución, la Iglesia, que sigue siendo necesaria y cumple papeles vitales en nuestra sociedad. Sin embargo, todas las opiniones son respetables y no es mi intención, en este sentido, entrar en polémicas. Pero permítanme recordar y dedicar unas palabras, más que a un sacerdote, a una gran persona. Que me perdonen sus detractores, pero es que yo me eduqué y me socialicé en un ambiente cristiano-católico. Y no me arrepiento, pues aunque no soy un practicante ejemplar, aprendí en clases de religión y en catequesis valores morales que siguen siendo hoy principios básicos en mi vida. Y éstos, no tienen por qué estar en contradicción de otros que se consideran aconfesionales. Quizás son esos valores de los que hablo los que me obligan hoy a escribir a la memoria de Don Rafael.

Con Don Rafael aprendí una de las cosas más importantes que me ha ayudado mucho en la vida: a madurar en la fe. -Sí, yo también tuve mis crisis de fe-. Él me ayudó en aquel periodo de incertidumbres. Y hoy puedo decir que ‘tener fe’ me ha servido de gran ayuda en muchos momentos delicados. Recuerdo en aquellas reuniones de catequesis, para explicar el significado de la fe, ponía muchas veces el ejemplo del ladrón que se santiguaba antes de realizar su acción, siendo inconsciente de que lo que iba a hacer era una mala acción. Y en esas reuniones a mi me gustaba hacerle preguntas difíciles; hablábamos mucho sobre el significado de la muerte. Incluso le regalé un libro sobre aquella incomprendida que ayer se lo llevó. Seguro que lo tendrá guardado en algún lugar. Tendría curiosidad por verlo, pues él tenía la costumbre de tomar nota en los márgenes de los libros cuando algo le llamaba la atención. Confieso que esa costumbre, que ahora también tengo yo, se la copié.

Y en esto de la fe, él sabía bastante, sino ¿cómo hubiese sido posible hacer una Ermita y una Residencia empezando por nada? Era carismático sí. Sabía tocar en aquellos corazones de personas de fe y, a su vez, hacerla crecer en sus corazones. Recuerdo las procesiones de Semana Santa. Un rato antes de que empezaran, me apoyaba con mis amigos en lo que llamábamos ‘gradas de la Iglesia’. Yo había sacado al Nazareno en otras ocasiones y me decía a mi mismo: “ya habrá alguien que quiera sacarlo este año”, y luego se oía por la megafonía de la Iglesia que se necesitaban jóvenes voluntarios que sacaran al Santo. En el fondo me alegraba, intentaba convencer a mis amigos para ir, y siempre había alguno que me acompañaba. No me importaban las molestias que tenía luego en los hombros de aguantar aquel pesado Nazareno. Más que me llamen iluso, yo me sentía bien y pensaba que había sido un buen gesto. Tampoco me importaba subirme a la carroza del Cristo intentando mantener el equilibrio sosteniendo a la misma vez la cruz, ya que había que bajarla un rato antes de sacarla o meterla porque si no, daba con el dintel de las puertas de la Iglesia. Don Rafael sabía que me gustaba y que lo hacía por devoción y sin ningún tipo de interés. Con un solo gesto suyo me bastaba. Y luego hacíamos lo más difícil, colocar al Cristo en lo alto del altar. Una tarea ardua complicada y riesgosa que hacíamos con escaleras que oscilaban de un lado para otro. Pero abajo había alguien que te sujetaba la escalera y tú confiabas en él, y tenías fe, porque allí estaba Don Rafael dirigiendo y animando a todos. Siempre encontraba las palabras idóneas que te estimulaban y te hacían valeroso. Ahora entiendo porque mi padre tenía siempre esa ilusión por ir a ponerle las pilas al Santo Sepulcro en Semana Santa. Para él era un acto de devoción como los que yo acabo de contar. Y eso sólo se hace cuando se tiene fe en algo.

Más fe han tenido –y tuvieron- todos los que, aportando más o menos, con trabajo o con dinero, hicieron posibles las construcciones de la Ermita de San Cosme y San Damián, y la Residencia de Ancianos. Y allí estuvo Don Rafael, el primero, para que esos proyectos, que parecían imposibles, se hicieran realidad. Que bonito es cada año ir a la Romería de la Ermita, que aunque no vayas a misa, vas allí porque un día se hizo una Ermita y un espacio para poder hacer ese maravilloso evento. Yo planté alguno de aquellos árboles que hay allí. Recuerdo el viernes que me dijo mi padre que el sábado teníamos que levantarnos pronto y echar una mano a Don Rafael para ese fin. Y a mi no me apetecía mucho, y entonces vino Don Rafael y me dijo: “pero hombre, Rubén… que no me puedes decepcionar”. Dichosas palabras aquellas que de repente cambiaban mi estado de ánimo. Y allí fui a cavar y a plantar árboles. Ahora tengo un recuerdo muy bonito de aquello.

Recuerdo también, aún siendo más pequeño, que mi hermana compró una bici ciclostática, entonces era toda una novedad. Don Rafael pasaba por casa después de dar misa, y daba unas cuantas pedaladas. Yo aprovechaba en esos momentos para hablar con él de fútbol -porque los dos éramos del Real Madrid-. Me acuerdo cuando bromeaba y decía “cuando el Madrid gane la Copa de Europa –bastantes años antes de ganar la séptima- tocaremos las campanas de la iglesia para celebrarlo”. Los que habéis estado cerca de él, me diréis: “cosas de Don Rafael”. Y hay muchos que me dijeron que fue un gran apasionado de los encierros del pueblo y que corría en ellos. Me lo creo, porque ahora mismo lo estoy viendo con la sotana negra arremangada dando unas cuantas patadas al balón en el redondo de arena que era la Plaza del Ayuntamiento, donde solíamos jugar al fútbol antes de entrar a catequesis.

Son tantas cosas las que recuerdo… Pero lo más importante es que, con sus aciertos y sus errores, siempre recordaré a Don Rafael como una persona que hizo todo cuanto pudo por la gente y el pueblo que más quiso: Portillo de Toledo. Para mi, Don Rafael siempre estará en mi corazón y, seguramente, en el de muchos portillanos y  de otra tanta gente de pueblos de alrededor y otros lugares donde lo conocieron. Don Rafael ha escrito una parte muy bonita de la Historia de Portillo y será recordado como una persona emblemática.

Me despido de ti, Don Rafael con los siguientes versos de José Ángel Buesa:

Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.

Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.

No sé si me quisiste… No sé si te quería…

O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, y apasionado, y loco,

me lo sembré en el alma para quererte a ti.

No sé si te amé mucho… no sé si te amé poco;

pero sí sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,

y el corazón me dice que no te olvidaré;

pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,

tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,

mi más hermoso sueño muere dentro de mí…

Pero te digo adiós, para toda la vida,

aunque toda la vida siga pensando en ti.

Que la Virgen de la Paz y los Santos Mártires te acojan en su gloria.

Rubén Crespo

11 de Agosto de 2011

2 comentarios en “Recordando a Don Rafael

  1. Se me olvidaba. Anteriormente, este artículo fue adaptado y publicado en el libro de las Fiestas 2011 en Honor al Santísimo Cristo de los Remedios, de Rielves, pueblo del que era natural D. Rafael. Desde aquí reitero mi agradecimiento al Ayuntamiento de Rielves por haberme dejado un espacio para recordar a un gran hombre.

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