Para despejar incertidumbres sobre la radiactividad

Por suerte o por desgracia, recientemente me había leído La venganza de la Tierra de James Lovelock, antes de que ocurriera las catástrofes ocasionadas por el terremoto y el tsunami en Japón, y los consiguientes problemas de la Central Nuclear de Fukushima. Y es lo que me ha llevado a escribir esta nota para despejar algunos miedos irracionales sobre la conveniencia de la energía nuclear. Por cierto, el libro lo recomiendo. No se trata de un mero panfleto ecologista. Opino que el lector curioso conocerá la teoría de Gaia, una teoría que va más allá de la evolución de Darwin, a la vez que se concienciará con buen rigor sobre los problemas climáticos a los que tendrá que enfrentarse la humanidad debido a la continua emisión de gases nocivos a la atmósfera. Mención aparte, Lovelock da un serio repaso sobre las virtudes y defectos de todas las fuentes de energía posibles hasta ahora conocidas.

Parece raro que James Lovelock, tachado de ecologista radical pesimista muchas veces, sea uno de los fieles defensores de la energía nuclear. El autor da suficientes y serios argumentos para su justificación. Y es que la energía nuclear, hoy por hoy, parece ser la única alternativa para el desarrollo sostenible de los países desarrollados y en vías de desarrollo. Pero no se confundan, no se debe entender como la solución final, sino como temporal mientras se investigue otro tipo de fuentes de energía alternativas, como las renovables, las cuales resultan actualmente todavía demasiado caras ya que no ha habido suficiente tiempo para una implantación y su respectiva amortización. Caso aparte sobre las renovables, existen bastantes inconvenientes en su discontinuidad, y lo que es más importante, es una ilusión que se pueda obtener de ellas toda la energía que consume hoy el mundo desarrollado. Por ejemplo, para cubrir las necesidades energéticas de toda Inglaterra sólo con energía eólica, se precisarían 276.000 turbinas, es decir, tres turbinas por cada dos kilómetros cuadrados.

Teniendo en cuenta que la energía nuclear es actualmente más segura que las procedentes de la combustión de fósiles (existen estadísticas  que lo corroboran: ver Informe 2001 del Instituto Paul Scherrer de Suiza), el dilema surge cuando hay una percepción muy negativa sobre este tipo de energía. Pero se puede entender que las bombas de Hiroshima y Nagasaki; y el accidente de Chernobyl impactaron comprensiblemente, pero negativamente, a toda la sociedad. Los medios de comunicación han tenido su gran parte de protagonismo. Es ingenuo pensar que la mayoría de ellos sirven siempre a ciertos intereses, sobre todo a los suyos propios que es llevar con inmediatez el sensacionalismo de las noticias. La publicidad, la propaganda y la ficción bien escrita son muy eficaces. Por ejemplo, cuando ocurrió la catástrofe de Chernobyl en 1986, los medios de comunicación tradicionales cifraban en más de 30.000 los muertos a causa del accidente nuclear. Expertos biólogos de la OMS (Organización Mundial de la Salud) examinaron a los habitantes de la zona por la nube radiactiva catorce y diecinueve años después del accidente, y sólo encontraron pruebas de que hubieran fallecido no más de 65 personas. Se trataba de trabajadores de la central, bomberos y otros que valientemente lucharon contra el fuego en el reactor. Es de obligación citar a todos los que están luchando ahora mismo en la Central de Fukushima y rendirles homenaje y consideración por su heroicidad.

Siguiendo con el caso de Chernobyl y ante el posible escape de un considerable volumen de radiactividad en los reactores dañados de Fukushima, es necesario despejar algunas dudas existentes entre la población sobre la radiobiología. Los epidemiólogos han establecido conexiones directas entre la dosis de radiación recibida y la muerte por cáncer. Gran parte de estas investigaciones proceden de la radiación a la que se vieron expuestos los habitantes de Hiroshima tras el lanzamiento de la bomba atómica y, también, de los histiriales de radiólogos y trabajadores expuestos a radicación durante su vida laboral. El  UNSCEAR (Comité Científico de Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de la Radiación Atómica) publicó un informe en el 2000 en el que se afirmaba la relación directa y lineal de la radiación y sus daños al organismo humano. De sus conclusiones se podría exponer que la población entera de Europa sometida a una radiación de diez milisieverts (cantidad equivalente a 100 radiografías) causaría 400.000 muertos. Dicho así, la cosa parece muy grave, pero se trata de una forma tergiversada de presentar los hechos. Como dice Lovelock “el asunto no es si moriremos sino cuándo moriremos”. Si las 400.000 personas murieran una semana después de la irradiación, evidentemente hablaríamos de una catástrofe terrible. “Pero ¿y si todas esas personas vivieran sus vidas con normalidad pero muriesen una semana antes de lo esperable?”. Muchas investigaciones en radiobiología han concluído que una exposición a diez milisieverts de radiación reduce la esperanza de vida en cuatro días. Visto de esta otra manera, las conclusiones resultan menos espectaculares y menos sensacionalistas. Si se hacen cálculos, las personas del norte de Europa que se vieron expuestos a la radiación de Chernobyl, habrían reducido su esperanza de vida entre una y tres horas.

Por tanto, no es asombroso que los medios de comunicación y los activistas antinucleares prefieran hablar de riesgo de muerte por cáncer. Produce más sensación hablar de muertes antes que de la pérdida de unas pocas horas de esperanza de vida. Por otro lado existe radiación nuclear natural procedente de los rayos cósmicos y de elementos radiactivos de suelo, aire y de nuestros hogares (líneas eléctricas, móviles, aparatos inalámbricos, etc) que pueden causar cáncer. Pero a pesar de ello, de media, vivimos mucho más que antes.

Es seguro que el accidente de Chernobyl, les haya costado a algunos habitantes de Ucrania y Bielorrusia varias semanas de vida. No menos, en esta ocasión, hay que ser imprudente con el panorama actual de la central de Fukushima. Por supuesto que es un caso grave, y no trato de restarle importancia. Sólo parto de la hipótesis de que, aunque ocurra lo peor: un gran escape radiactivo de los reactores, tal vez sus consecuencias no sean tan malas como se dice en los medios de comunicación. Y deseo con todo mi corazón no estar equivocado.

El problema de todo esto no es local, no sólo le afecta a Japón y sus aledaños, sino que es global. La opinión pública demoniarizará aún más a una energía que podría ser una alternativa viable. Pensar que vamos a poder seguir tirando siempre del petróleo es más irracional, no sólo porque se termine, sino por que el daño que hacen las emisiones de gases de efecto invernadero nos hará mucho más daño a la humanidad entera.

Para terminar, hay que tener en cuenta que los problemas que sufre hoy la central de Fukushima han sido ocasionados por uno de los terremotos más fuertes de la historia, lo cual, en caso de que al final se consiga estabilizar, cabría reflexionar que quizás las centrales nucleares son más seguras de lo que pensamos. Muchos pensarán que la energía hidroeléctrica, por ejemplo, es más inofensiva que la nuclear, pero imagínese que por un terremoto, ocurrido como en el de Japón, reventase una presa hidroeléctrica y la consecuente riada se llevara a unas cuantas poblaciones río abajo. Evidentemente estaríamos hablando de una gran catástrofe con muertes inmediatas y no en reducción de esperanza de vida.

Rubén Crespo

15 de marzo de 2011

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